¡Qué cómodo es emigrar cuando estás estudiando! Puedes preguntárselo a cualquier estudiante Erasmus. Bajo el amparo de dos universidades, la de origen y la de destino, son todo facilidades y caras alegres vayas a donde vayas. ¡Tan solo es cuestión de soltar dinero! Gracias a que pagas siempre por Internet o con tarjeta de débito, parece que te ahorras ese sufrimiento de ver cómo se marchan volando los billetes -aquí son dólares, papel del que me cuesta más desprenderme debido a lo peculiar y atractivo que me resulta-; ya veremos con qué rostro me recibe a la vuelta el del mostrador de Liberbank.
El cambio de divisa favorece a los europeos, dicen. De nada sirve si las únicas cafeterías que te encuentras en Nueva York son Starbucks que te cobran 3 dólares por un americano pequeño -corto de café, largo de agua del grifo-. Al agua del grifo con hielo en los restaurantes invita la casa, pero pobre de ti si te marchas sin dejar el 15% del precio total en la propina. Con lo simpático que ha sido el camarero durante toda la velada. Es capaz de añadirte el importe a la cuenta directamente. Para que ni lo tengas que calcular. «Have a good one!», se despide de ti con ojos brillantes el empleado.
Nunca me enseñaron esa expresión en clase y eso que he tenido que estudiar inglés desde los 4 años. ¡Siempre se olvidan de lo más importante! «Ten un buen uno», traduzco con el diccionario en la mano. Con el paso del tiempo concluyo que significa «ten un buen día», pero dicho de una manera más cool. Vuelvo a mi habitación, que hay homework que hacer. La facultad está desierta por las tardes porque todos están en sus cuartos viendo Netflix. Yo no podría, porque vengo de una cultura en la que nunca pagarías por ver algo en Internet que puedes tener gratis de manera extraoficial. Si se lo comentas a alguno, te miran palidecidos como si acabaras de morder el fruto prohibido. Cuando ellos son maestros en desafiar a la ley, al nivel de falsificar pasaportes para poder beber con menos de veintiuno. Debe de ser traumático estar en cuarto de carrera y tener que quedarte en casa los viernes por la noche. Siempre les quedará su Netflix.
Tampoco es que se pierdan gran cosa. Probé una de sus cervezas y nunca más. Vino, solo el de California. Y no hablemos de la sidra, dulzona, caramelizada, un refresco sin burbujas. Las manzanas de mesa del estado son exquisitas, eso se lo concedo; por algo se llaman «la Gran Manzana». Yo al alcohol le pido amargura, algo que pueda paladear, no un jarabe azucarado que se te suba rápido a la cabeza. Escanciar es algo que no pueden concebir, sufren viendo todo el desperdicio. Hay que poner un barreño debajo o algo, para reciclar lo que se pierde. Si no, no es el modelo estadounidense.
El boom del vegetarianismo es otra cosa imprescindible. Me piden mis compañeros enemigos de la carne que les invite a cenar comida española en mi casa y yo sufro. Veamos si venden berzas para pote en el supermercado. Si no hay ningún vegano, una tortilla de patata puede servir.
Es mentira eso de que los yankees piensan que España está debajo de México. Casi todos lo sitúan en Europa. «Cerca de Ámsterdam», añaden los que saben dónde se puede conseguir lo bueno. Ubicar Asturias ya es más complicado. Les explicas que está en el norte y te dicen «ah, ¿al lado de Barcelona?». No, en el otro norte. Tampoco podemos ser muy quisquillosos, que yo conozco a más de un paisano de mi tierra que sitúa la capital gringa en New York City. Con este tirón de orejas a los míos me despido. Y como donde fueres haz lo que vieres, have a good one!

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