Hay un nuevo inquilino en la ciudad. The Vessel, una estructura con forma de caparazón alienígena, ha sido erigido como reclamo publicitario del nuevo complejo comercial Hudson Yards, en la Octava Avenida de Nueva York, a pocos bloques de distancia de Times Square. Sus responsables no han tardado en incluirlo en imágenes del skyline de Manhattan junto con otros edificios emblemáticos como el Chrysler Building, el Flatiron o la Estatua de la Libertad. El tiempo dirá si se gana el puesto en el panteón de los dioses neoyorquinos.

En la parte exterior del centro comercial, llama la atención el letrero «Little Spain», una suerte de mercado gourmet que alberga productos y restauración españoles. He de admitir que no he podido entrar en ninguna de las dos o tres ocasiones que he estado por la zona debido a la cola kilométrica -aunque aquí se mediría en pies- que aguardaba para conocer la novedad. Desconozco a quién se le ocurrió la idea, pero tener nuestro particular «Little» en el corazón de la Gran Manzana es una estrategia turística infalible. A los tradicionales Little Italy y Chinatown se les había sumado K-Town, una calle abarrotada de letreros en coreano a la sombra del mismísimo Empire State. Sin embargo, no está de más recordar que Nueva York ya tenía su Little Spain desde hace más de un siglo y que, por un motivo u otro, casi se ha desvanecido de la memoria.

Hablo de la calle 14 de Manhattan, foco de inmigración por excelencia de los compatriotas españoles desde el siglo XIX. La calle tiene su propia boca de metro -en cierta pared interior puedes encontrar un mosaico con los colores rojo y amarillo- y se ubica entre los célebres barrios de Chelsea y West Village, con el parque de Union Square en la misma dirección. La Spanish Benevolent Society «La Nacional», en la parte oeste, todavía guarda las fichas de sus miembros desde hace casi dos siglos. Documentos que atestiguan, con poca más información que nombres, fotografías, profesiones y estados civiles, que cientos de personas vinieron a esta parte de América a buscar un sino mejor. Lo que aquí hicieran y consiguieran probablemente haya sido enterrado con ellos.

Me pregunto qué pondría la mía si tuviera que rellenarla un día como hoy. «Erik Garabaya. Soltero. Estudiante». Imagino mi foto al llegar, un joven de mirada asustada e incrédula, con la mente ausente, vagando perdida aún entre la nebulosa y desconcertante ciudad infinita. Un avilesino corriente, arrastrado 5000 kilómetros de distancia, como ellos, en busca de eso -todos tenemos un eso- que no he podido encontrar en mi tierra.

En esta calle todavía perdura la camaradería de otros como yo, que se esfuerzan por crear una atmósfera hogareña, un cachito de España en un país que bien podría pertenecer a otro planeta. Somos el reflejo actual de una migración moderna, menos dura, pero quién sabe si alentada por el mismo anhelo vital de cimentar un futuro más feliz. Nuestras historias también se perderán para siempre. Pero, por duro que sea el viaje, podemos decir que nos hemos sentido siempre como en casa.

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