La Gran Manzana siempre ha sabido venderse. El mismo apodo con el que acabo de referirme a Nueva York es el “fruto” de un elaborado proceso de marketing. Por eso resulta realmente reconfortante, además de acogedor, el nuevo lema turístico que se extiende no solo por los locales de la ciudad, sino por el Estado al completo: “Siempre serás bienvenido”. La frase aparece también en árabe y en español.

La primera reacción del visitante extranjero al llegar al JFK y ver a una Estatua de la Libertad luminosa y sonriente abanderando esta sentencia en la entrada del metro sería la de pensar que es otro de los amotinamientos anti-Trump que se suceden en las ciudades progresistas del país. Sin embargo, cabe recordar que el actual presidente es originario de Queens.

¿Qué es ser neoyorquino realmente? Mis amigos de Buffalo están cansados de explicar que ellos son neoyorquinos, pero que dejen de compararles con los estirados de la ciudad (de la que están a 7 horas en coche). Otro gran número de ellos vive en pueblos de montaña alejados de la mano de Dios, todo lo opuesto a nuestra nítida impresión de mastodónticos edificios y avenidas abarrotadas.

Nueva York es la ciudad de la inmigración. Un término denostado hasta la saciedad pero que, paradójicamente, es la indiscutible clave del éxito de su esplendor económico, algo que se puede extrapolar a todo el país. Battery Park y Ellis Island, custodiados por el coloso de Rodas contemporáneo que supuso la Estatua de la Libertad en el siglo XIX, son vívidos monumentos de la antigua entrada al Valhalla americano.

“Yo nací en Albany, pero mis abuelos maternos vinieron de Polonia y Alemania, y los paternos de Italia”, me confiesa una compañera de la universidad. «Bueno, entonces eres más europea que yo», le digo completamente convencido por la lógica matemática.

Queda mucho que hacer para que se cumpla este llamativo comercial que hunde sus raíces conscientemente en la historia metropolitana. Pero los neoyorquinos, entre los que tengo el placer de contarme (como adoptado, eso sí), tenemos muy claro que lo importante no es de dónde vengamos, sino a qué lugar confiemos nuestro destino.

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