Cuando empecé a escribir estos artículos para Global Asturias nunca pensé que querría meterme en el farragoso jardín de la política, pero es que la cuestión del Brexit se ha convertido en inevitable para los que residimos en el Reino Unido. En cualquiera de mis visitas a España de los últimos tres años, nunca ha fallado que alguien me pregunte: “Y lo del Brexit, ¿cómo va?” A lo que yo suelo responder: “Si no lo saben ni ellos, ¿cómo narices lo voy a saber yo?” Y es que la respuesta tiene poco de fácil. Así que escribo estas líneas como un ejercicio personal de ordenamiento de ideas sobre este asunto, visto desde la perspectiva de un inmigrante directamente afectado por tal decisión.

Todo empezó tras una holgada victoria de David Cameron en las elecciones generales de 2015. Cameron había prometido celebrar un referéndum sobre la continuidad del Reino Unido en la UE, fundamentalmente para acallar las voces de un grupo duro dentro del Partido Conservador que llevaba décadas intentando desligar a la nación de Europa. Cameron llevaba un tiempo intentando conseguir concesiones de la UE, muchas orientadas a controlar la inmigración, y la UE, que ya había hecho bastantes excepciones en el pasado con el Reino Unido, se negó a dar carta blanca a los británicos. Esto alimentaba aún más la ira de los euroescépticos y Cameron pensó que un referéndum haría que la cuestión dejara de causar inestabilidad dentro del partido durante al menos unos años. La motivación era similar a la del Referéndum Escocés de 2014, pero esta vez, el resultado no fue el esperado por el Primer Ministro británico.

A decir verdad, el resultado del referéndum pilló a todos por sorpresa, incluso a los vencedores. Nadie se podía esperar una decisión tan radical, especialmente porque el tema de la pertenencia a la UE no había estado realmente en la opinión pública desde que en el año 75 los británicos decidieran ratificar la permanencia. En tan solo unos meses, los euroescépticos consiguieron cambiar la opinión pública con una agresiva campaña en la que presentaban a la UE como poco menos que el origen de todos los males. A todo esto, el Partido Laborista de Corbyn miraba “los toros desde la barrera”, dejando que ambas campañas a favor y en contra de la UE estuviesen lideradas por dos sectores enfrentados del Partido Conservador. Quizá esperaban que esto desgastase al oponente político; o quizá es que Corbyn, por razones diferentes, también tenía un punto euroescéptico. El caso es que para cuando los laboristas empezaron a ser más activos en su campaña, ya era demasiado tarde.

Este punto de ruptura total es la consecuencia de una campaña feroz de desprestigio de la UE, pero también de una confluencia de factores políticos y económicos. La crisis económica de 2008 ha tenido mucho que ver con el desenlace de los grandes eventos políticos de los últimos tiempos. La recesión vino acompañada de importantes recortes en el sector público y la tijera del Partido Conservador británico tuvo un gran impacto, fundamentalmente en los sectores más desprotegidos de la población. Cuando las cosas se ponen feas, hay una tendencia histórica al proteccionismo y a la desconfianza que se traduce en un sentimiento contra el inmigrante, al que se ve como un usurpador de algo que no le corresponde por derecho. Esto no tiene nada de nuevo; ya vimos las desastrosas consecuencias de la crisis del 29. Al final, siempre es más fácil echar la culpa a un grupo fácilmente identificable, aunque estos no solo no sean responsables de la situación, sino que sufren sus consecuencias de igual manera. Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen y otros movimientos de extrema derecha en Europa son otros ejemplos que han surgido como consecuencia de este cambio en el orden económico mundial.

La clave de la victoria del Brexit es que la campaña anti-EU logró enganchar a muchos votantes que tenían una desafección total de la política, tras años de sufrir recortes y no lograr prosperar económicamente. El verdadero problema está en el cuestionable modo en el que lograron convencer a sus electores. El actor y director Dominic Cumberbach mostró de manera reveladora el proceso de captación es una excelente película documental producida para Channel 4 el año pasado. La campana anti-Brexit hizo promesas bastante mediáticas, como el famoso autobús rojo en el que se leía que los £350 millones que se destinaban a la EU semanalmente podrían destinarse al sistema nacional de salud. Por supuesto, la afirmación no era real, pero eso importaba poco. E importaba poco porque al convencido votante pro-Brexit no lo habían atraído con motivos puramente económicos, sino con un sentimiento patriótico. Es decir, se daba la impresión de que la EU era un yugo que había limitado las posibilidades del Reino Unido y que este referéndum era su oportunidad de dar un golpe sobre la mesa y “Retomar el Control” (el famoso slogan “Take Back Control”). Esta fue la consigna que realmente galvanizó el sentimiento anti-EU porque, si crees apasionadamente que esto se trata de un sentimiento de orgullo patriótico, poco te importa que la decisión acarree perdidas económicas astronómicas.

Así es que las posturas con respecto al Brexit no dejaban a nadie indiferente y el debate se convirtió en una lucha acalorada de dos partes polarizadas que respondían más a un sentimiento de pertenencia que a un debate lógico. Estamos en la época de la posverdad en la que interesa más decir lo que alguien quiere escuchar que lo que se corresponde con la realidad de los datos. Esta bipolaridad tan radical entre defensores y detractores surge de hecho de la misma naturaleza maniqueista del referéndum.  La separación de un país con más de medio siglo de pertenencia a la UE es sin duda un fenómeno con ramificaciones muy complejas y, sin embargo, al electorado se le formuló una simple decisión entre el “SI” o el “NO”. Incluso durante la campaña ya se dejaba entrever que había más de dos escenarios posibles y surgieron visiones diferentes de la futura relación del Reino Unido con la UE tras su salida: bien manteniendo el acceso al mercado común (“Soft Brexit”), o cortando todos los lazos (“Hard Brexit”). Hubo, por el contrario, quien dijo que la negociación con la UE seria “la más fácil de la historia”. El señor que pronunció estas palabras, David Davis, fue el primer negociador que Theresa May sentó a la mesa con la UE y tardó poco en abandonar su cargo por discrepancias internas. Así que, tan fácil realmente no era.

El escenario actual está entre una salida con acuerdo o sin acuerdo. Después de tres años de negociaciones, de idas y venidas, y de múltiples dimisiones dentro del gobierno británico, seguimos sin saber realmente en qué posición estamos. La cuestión de la frontera con Irlanda del Norte ha resultado ser, como algunos avisaban, un escollo difícil de solventar. Tan compleja es la cosa que el Parlamento Britanico ha votado en el último año en infinidad de veces sobre cuestiones puntuales para intentar algún acuerdo. Las posiciones están tan fragmentadas que es imposible llegar siquiera a un acuerdo de mínimos. Al final, Theresa May no ha podido aguantar más los envites de propios y ajenos, y deja el cargo sin haber implementado el Brexit que había prometido.

Una cuestión que no quiero dejar pasar por alto es la incidencia que los partidarios del Brexit hicieron en acusar a la UE de ser antidemocrática. La crítica venia principalmente porque, a pesar de que existen elecciones democráticas para elegir el Parlamento Europeo, los cargos de la Comisión Europea son elegidos a posteriori entre los gobiernos de los diferentes países. Y es la Comisión la que toma las verdaderas decisiones importantes. Digamos que es el poder ejecutivo de la UE. Es curioso que se pueda acusar a una institución de antidemocrática por esta razón ya que, en la mayoría de los países europeos, incluidos España y el Reino Unido, el pueblo elige al poder legislativo, es decir, a los representantes en el parlamento y el poder ejecutivo emana por delegación en una decisión de la cámara de representantes. Solo en democracias presidencialistas se elige directamente al jefe del ejecutivo. La acusación es más sangrante si tenemos en cuenta que, tras el referéndum, el Reino Unido ha cambiado de Primer Ministro dos veces a través de una decisión exclusiva de los miembros y afiliados del partido de gobierno. La primera vez, Theresa May salió elegida por incomparecencia de otros candidatos de su partido y esta segunda vez, parece que Boris Johnson tiene todas las papeletas de hacerse con el apoyo de los afiliados conservadores. May al menos convocó unas elecciones generales tras entrar en el cargo. Lo hizo para lograr legitimidad, pero el tiro le salió por la culata al perder la mayoría absoluta que tenía el Partido Conservador y verse obligada a pactar con los Unionistas ultraconservadores de Irlanda del Norte. Boris, por su parte, no ha mostrado ninguna intención de convocar elecciones generales y ha dejado claro su propósito de sacar al Reino Unido de la UE antes del 31 de octubre, con o sin acuerdo, cueste lo que cueste. No hacerlo sería ir en contra de sus grandilocuentes promesas en la campaña anti-EU, esas que apelan directamente al orgullo patriótico.  

La gran paradoja de todo este entramado es que nos encontramos donde nunca debiéramos estar. El referéndum fue convocado como una consulta no vinculante. El margen a favor del Brexit fue mínimo pero el Parlamento decidió validar el resultado de las urnas y acatar el mandato para abandonar la UE. Desde entonces han surgido informaciones que prueban que la campaña antieuropea fue desleal. No solo se descreditaron con datos fehacientes muchos de las afirmaciones de los euroescépticos, sino que, con mayor gravedad, éstos usurparon millones de perfiles personales de Facebook de manera ilegal con la ayuda de Cambridge Analytica. El asunto llegó a los tribunales, que decidieron que la campaña había sido ilegal y que los resultados debían por tanto ser nulos. Pero he aquí la paradoja: como el referéndum era solo consultivo, no había en realidad nada que anular. La decisión del Brexit fue ratificada posteriormente por el Parlamento, convirtiéndola en una decisión legislativa firme. Y esa decisión no la puede revertir ningún tribunal. Ya sabéis, separación de poderes y esas cosas. El caso es que queda probado que los resultados se han conseguido de manera fraudulenta pero no hay manera de corregir la situación. No podría ser más frustrante.  

La historia del Brexit ha sido y sigue siendo enrevesada. Eso de que la realidad supera la ficción se queda corto para definir las traiciones, los complots y los giros tan inesperados de esta trama. No creo que Netflix o HBO tarden mucho en aprovechar la oportunidad para crear una serie de éxito, aunque para ello aun debamos esperar antes al desenlace en la vida real.

Desde un punto de vista personal el Brexit me dejó tan sorprendido como a todos, más aún si cabe porque resido en Londres, una ciudad donde el apoyo a la pertenencia a la UE fue masivo y donde uno no tenía la impresión de que la animadversión a Europa fuese tan pronunciada. Recuerdo despertarme a eso de las 4 de la madrugada del 25 de junio de 2016 y echar un vistazo a la página de la BBC para comprobar como habían sido los resultados del referéndum. Aún no se había llegado al 100% del escrutinio, pero ya estaba claro que la opción del Brexit sería la ganadora. No pude volver a dormir. Los días siguientes muchos nos encontramos bastante dolidos y apenados por una decisión que, en gran parte, se había tomado como respuesta contraria a la inmigración. A esto se le unieron una serie de incidentes xenófobos en el país que daban la impresión de que muchos no querían que estuvieses allí, que ya no eras bienvenido. Por suerte, como ya he mencionado, en Londres nunca he tenido esa sensación de ser un extraño y siempre me ha sentido totalmente integrado. Quizá lo que el referéndum me enseñó es que yo vivo en una burbuja y que la realidad del resto del país es bien diferente. Tres años después, las emociones ya se han calmado y, aunque muchos siguen luchando en ambos bandos por llevar las cosas a su terreno, la sensación mayoritaria es una de hartazgo, hastío, y resignación. Personalmente me gustaría que cualquiera que fuera la decisión del Parlamento Británico, se diera la opción a la población de ratificarlo en otro referéndum. Se trata de una decisión demasiado importante y con repercusiones irreversibles para generaciones venideras como para dejarla finiquitada con un referéndum que se ha probado fraudulento. Al menos, con una segunda consulta ya sabríamos de manera más concreta lo que realmente se está votando. Si esto va a suceder o no es aún impredecible. Así que, si me vuelven a preguntar lo de “qué tal el Brexit”, ya saben mi respuesta.  

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