Viajar por Estados Unidos no es una tarea relajante, por mucho que los románticos de la Ruta 66 idealicen el sofocante asfalto interestatal mientras llenan el depósito de sus Harleys. Aunque yo, que habito muy lejos del desierto, me dispongo a atravesar buena parte de la East Coast en la travesía en bus que une la ciudad de Nueva York con Washington DC. Casi cinco horas de autopista sin descanso para poder decir que estuve en la insigne capital de la nación. Me mantengo escéptico desde el inicio. Después de todo, ¿qué puede haber más impresionante que la Gran Manzana?

Para mi sorpresa, me encuentro con una ciudad imperial sin precedentes. A pesar de que no es una de las más pobladas del país ni mucho menos (tampoco es su función), descubro una urbe moderna, elegante y desde luego mucho más limpia que mi localidad de partida. Es en su célebre National Mall, una extensión verde mayormente rectangular de proporciones kilométricas que conecta el Capitolio con el Lincoln Memorial, la que me deja conmovido. A ambos lados del camino se erigen edificios inmensos, neoclásicos en su mayoría, que nos dan una idea de cómo debió de ser la antigua Atenas en su máximo apogeo.

La inabarcable red de museos Smithsonian ocupa muchas de estas edificaciones para ofrecer a los visitantes, patriotas venidos desde todos los rincones y algún que otro turista como yo, pedazos de historia de este país. Y, al contrario de lo que cabría esperar, son de carácter gratuito. El Museo Nacional del Aire y del Espacio, el Museo del Holocausto o el Museo de Arte y Cultura Afroamericana, inaugurado por el presidente Obama en persona, son algunos de los imprescindibles.

Resulta interesante comprobar cómo es la renovada mirada retrospectiva con la que los estadounidenses examinan su propio pasado, más ambiguo que nunca debido al perseverante revisionismo al que lo exponen las minorías tradicionalmente marginadas y perseguidas, en busca de una hasta ahora denegada justicia social. La conciencia colectiva norteamericana, a causa de la candente situación política actual, se somete a un escrutinio público que levanta postillas. Una muestra más de un Estado complejo y contradictorio hasta la extenuación. 

Sin embargo, el foco de todas las protestas está en la Casa Blanca, una relativamente pequeña hacienda rodeada de verjas que acoge a algunas de las personas más importantes del planeta. Me resulta sobrecogedor pensar cómo tantas cosas se pueden comprimir en un espacio de tierra tan reducido. Un país de excesos, de proezas desmedidas, sin importar en qué forma se manifiesten. El District of Columbia (de ahí vienen las famosas siglas “DC”) es un oasis de americanidad se mire por donde se mire. Algo a lo que no llegaré a acostumbrarme nunca por mucho tiempo que lleve en “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”.

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